Era una tarde de domingo; una languidez de ocasos
fértiles ondulaba el ventanal, ¡la infancia trasnochaba
otoños!  Era una tarde de domingo, el sol erguido hería
las miradas, el contorno de la primavera asomaba su
frágil cintura.  El cristal del horizonte parpadeaba llamas
encendidas. Un fragmento angelical sucumbía en la
distancia.

-Parece que el silencio, evoca una alborada-
comentó la niña dulce,
quien la tarde contemplaba.
-Parece que las aves, emigran a distancia-
comentó la niña dulce, de la tarde extasiada.

Y así pasaba el tiempo, la niña con la nada, aquellas
tardes fértiles, de soles a distancia. Eran los domingos
de tardes prolongadas, girasoles invertidos, rosales de
nostalgia. Así las estaciones, del tiempo se sumaban,
inviernos con veranos, la niña con su nada.


Pero un sol inadvertido a la niña contemplaba y despojó
todas sus tardes de las sombras abrazadas; arrojó a su
pecho cirios de encendidas madrugadas, comprendió la
niña dulce, que la tarde se alejaba.


Fue una tarde de domingo, que escuchó las campanadas
y el yagrumo florecido en el cielo la esperaba.

Fueron otras tardes de domingo, un equilibrio sin razón,
un tiempo de augurios que exigían calma; una calma
equidistante, ajena al tumulto de la nada; a la intemperie,
sin resguardos, desorbitada, restaurando ideas, un otoño
sin camisa, un frescor de madrigales, naranjales, frutas
secas y gaviotas; un ardor de luna blanca, de estrella
mágica dorada. ¡Y la niña dulce, tierna y consentida, se
confundió en la brisa, conjugándose en la nada!   

    .
    FRAGIL

    Era una tarde de domingo; una languidez de ocasos fértiles
    ondulaba el ventanal, ¡la infancia trasnochaba otoños!  Era una
    tarde de domingo, el sol erguido hería las miradas, el contorno de
    la primavera asomaba su frágil cintura.  El cristal del horizonte
    parpadeaba llamas encendidas. Un fragmento angelical sucumbía
    en la distancia.

    -Parece que el silencio, evoca una alborada-
    comentó la niña dulce,
    quien la tarde contemplaba.
    -Parece que las aves, emigran a distancia-
    comentó la niña dulce, de la tarde extasiada.

    Y así pasaba el tiempo, la niña con la nada, aquellas tardes
    fértiles, de soles a distancia. Eran los domingos de tardes
    prolongadas, girasoles invertidos, rosales de nostalgia. Así las
    estaciones, del tiempo se sumaban, inviernos con veranos, la niña
    con su nada.


    Pero un sol inadvertido a la niña contemplaba y despojó todas sus
    tardes de las sombras abrazadas; arrojó a su pecho cirios de
    encendidas madrugadas, comprendió la niña dulce,
    que la tarde se alejaba.

    Fue una tarde de domingo, que escuchó las campanadas y el
    yagrumo florecido en el cielo la esperaba.


    Fueron otras tardes de domingo, un equilibrio sin razón, un tiempo
    de augurios que exigían calma; una calma equidistante, ajena al
    tumulto de la nada; a la intemperie, sin resguardos, desorbitada,
    restaurando ideas, un otoño sin camisa, un frescor de madrigales,
    naranjales, frutas secas y gaviotas; un ardor de luna blanca, de
    estrella mágica dorada. ¡Y la niña dulce, tierna y consentida, se
    confundió en la brisa, conjugándose en la nada!   


    AUTOR:  Miriam Ramos
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